Ñongalofríos

Ñongueteo: Ñongalofríos, tercer lugar

Tercer lugar: «Retorno a una noche sin luna». Escrito por Rómulo Colorado, bajo el seudónimo de «Sinnombre»

Tercer lugar

Rómulo Colorado, bajo el seudónimo «Sinnombre»

Caracas, 1920

Un hombre observaba en silencio el anochecer caraqueño desde la ventana de una casona de estilo colonial, de esas caracterizadas por sus grandes ventanales, entre uno de los cuales, el sujeto miraba el horizonte con expresión ecuánime. El naciente siglo veinte pintaba la ciudad con los tintes del sol poniente con trazos de rojos, de naranjas y amarillos, colores que refulgían a su vez en los ojos de aquel hombre solitario. Sin embargo, el reflejo de esos colores no desprendía la misma hermosura del atardecer, todo lo contrario, parecía palidecer. Palidecía como lo hace la ropa desgastada, como lo hacen los folios de papel ante el sol, y como se ve la piel muerta. Tal era el sentimiento que lo embargaba.

Mientras el día iba muriendo y la noche se hacía dueña y señora del entorno, el hombre trataba de descifrar el sentimiento tan pesado que se aferraba en su pecho como una enorme cadena, que lo obligaba a encorvarse un poco, a fruncir ligeramente el ceño y a observar el vacío con la misma expresión ecuánime e inmutable, desprovista de cualquier arruga o mueca, con la que atestiguaba el nacimiento de la noche.

Si se dejaba de lado su rostro sin emociones, uno podría considerar que aquel hombre era atractivo, cuya cara era de perfil aristocrático y de finos rasgos. Su nariz era un poco más larga que la media y sus cejas de color castaño oscuro enmarcaban un par de ojos avellanados, que no escapaban de la falta de emoción que envolvía al sombrío sujeto.

El hombre se hallaba abstraído en sus pensamientos, no podía recordar cuándo empezó a sentir esa angustia, esa angustia fuerte y concreta que aprisionaba su pecho y prensaba sus costillas. Lograba asociar ese aprehensivo sentimiento con la silueta de una mujer. Una mujer de piel blanca como la cal, ataviada con los finos vestidos tan populares en las mujeres de clase social alta de principios del siglo XIX, pero no podía distinguir por qué esa visión lo acechaba desde el momento que despertaba, hasta el momento de conciliar el sueño, si es que lograba conciliarlo. La silueta difuminada de aquella mujer lo perseguía en sueños constantemente, como es constante y silencioso el mismo aire, que hasta uno lo da por sentado de tal modo que olvida su existencia, pero cuando falta, aprisiona las costillas, los pulmones y la garganta como lo hacía la angustia permanente que el sujeto sentía. Sin embargo, no era solo la visión de esa mujer desconocida lo que disturbaba su paz, lo que hacía que su intriga se intensificara hasta un punto insoportable eran los sentimientos que le provocaba: una sensación de esperanza, combinada con nostalgia y con la certeza de que nunca alcanzaría a comprender por qué esa visión lo acechaba.

¿Por qué él? ¿Por qué ahora? ¿Por qué el viento se hendía como una cuchilla invisible en su esternón cuando recordaba la fantasmagórica piel de la mujer?

¡Fantasmagórica! ¡Claro! Esa sería la respuesta evidente.

«Evidente para esos cretinos e idiotas pueblerinos, bastardos de esta tierra maldita», pensó con amargura. «Mi nombre es Franco Antonio de Zarauz, digno hijo de España, atrapado en contra de mi voluntad en este húmedo infierno del nuevo mundo. Creo en la razón de los hombres superiores y en el señor todopoderoso. No me creo los cuentos de camino de espantos y otras pamplinas, creencias de negros, indios y castizos».

Esos pensamientos se anclaron firmes en la mente de Franco, mientras miraba la noche con frenesí lívido. El desprecio se le dibujaba en su rostro por medio de una mueca torcida que afeaba sus finos rasgos. La noche caraqueña era una noche sin luna, tan oscura como la penumbra que embargaba su corazón.

«Esa mujer deber ser la representación en mi mente de esta tierra inmunda, una tierra pálida, inerte, destinada al fracaso y a la angustia», pensaba mientras le hervía la sangre, pero su ira no lograba aplacar su aflicción. En el fondo sabía, con una agudeza que lo lastimaba, que simplemente buscaba palabras y pretextos para poder cambiar la congoja que se aglutinaba en lo más profundo de su ánimo, por un sentimiento más llevadero para él, como la furia. También sabía que no odiaba la figura de la mujer, en cambio, sí odiaba a la tierra en la que se encontraba.

Dejó de mirar por la ventana, la ira, la falta de respuestas, el saberse atrapado lejos de la madre patria y la angustia irresoluta lo abrumaban hasta hacerlo temblar, hasta darle náuseas. Se miró en el espejo y el espejo le respondió con el reflejo de una mirada desorbitada, y un rostro cubierto por sudor fino. Las náuseas se incrementaban mientras se acercaba al espejo: ojos avellanados henchidos de sangre, el sudor surcando la frente, la piel que parecía cada vez más pálida y el horror de saber que esa piel le recordaba la misma piel de la mujer. De esa maldita mujer. De esa mujer tan maldita como esta tierra. Y pudo volver a verla de refilón desde el reflejo del espejo, la vio detrás de sí mismo, identificó el mismo vestido antiguo y elegante que flotaba etéreo en sus recuerdos. Estaba inmóvil, quieta, inerte y se fijó con terror que en el lugar que se suponía estaría su rostro, había un vacío que dejaba un cuello frágil y desgraciado en el aire.

Se volteó espantado, pero detrás de él no había nadie. Sus manos temblaban. Agarró un candelabro que reposaba en la mesa debajo del espejo y lo estrelló contra él. El crujido del cristal reventado le hicieron coro al grito ahogado que amenazó con rasgar su garganta.

¿Por qué lo perseguía ahora también en la vigilia? ¿Por qué él? ¿Por qué ahora?

Se tumbó en el suelo como un niño, en posición fetal, rodeado de infinitésimos pequeños cristales rotos que circundaban la figura de un hombre derrotado por sus propios tormentos. Se agarró el pelo entre los dedos y comenzó a tararear una vieja canción de cuna que no sabía cuándo la había aprendido. Tarareó y tarareó, moviéndose como si se arrullara a sí mismo. El tarareo se resbalaba en un chorro de baba que salió de la cornisa de su boca y una solitaria lagrima se entremezcló en la combinación lamentable de baba, tarareo y lágrima. De pronto, se dio cuenta de que el tarareo no salía de su propia boca, sino que salía de algún rincón de la antigua casa colonial. En ese momento, Franco comenzó a rodar en el piso mientras los cristales se hendían en su ropa y en su carne haciéndole ligeros cortes. Y el tarareo que primero nació de su boca, pero luego se extendió por la casa, se dividía en dos voces infantiles tan tiernas como las pinturas de los querubines, voces que se acercaban más y más al Franco derrotado y ensangrentado en el suelo. El Franco que gimoteaba mientras el tarareo se hacía más y más fuerte, hasta que sintió el canto muy cerca del oído y decidió cerrar los ojos con fuerza, dejando escapar un lamento de baba, lágrimas y miedo. Cuando cerró los ojos, sintió que dos manitos le agarraban la mano izquierda y otras dos manitos le agarraban la derecha, como buscando consolarlo, como perdonándolo a través de caricias infantiles. En ese momento, Franco dejó largar un llanto, largó un llanto como el trueno que resuena en el cielo y da inicio al aguacero. Lloró por recordar esas manos infantiles y esa canción de cuna; lloró por recordar la cabeza faltante de aquel cuello frágil y pálido; lloró por recordar la ternura de las manitos que sostenían las suyas; lloró por recordar el castigo que lo perseguía, obra de aquel ser todopoderoso que alguna vez adoró. Lloró por recordar la funesta decisión que tomó al enterarse del Decreto de Guerra a Muerte. Lloró por recordar que, si unos sucios patriotas venían a matarlo a él y a su familia, preferiría llevarlos a la tumba bajo su propia mano. Lloró por recordar el sonido gorgoteante que expulsó su esposa cuando le rajó el cuello con el mismo cuchillo que los criados degollaban a las gallinas. Lloró por recordar los tenues lamentos que emitieron, primero su hijo, y luego su hija, al terminar de asfixiarlos con sus propias manos. Lloró por recordar todas las veces que intentó aniquilarse después de haber ejecutado su plan, pero siempre despertaba al alba, desorientado, sin un rasguño. Lloró por la aguda certeza de quien se sabe atrapado en el eterno retorno de lo mismo.

Retorno a una noche sin luna

Puedes leer el primer lugar de esta edición aquí.

Puedes leer el segundo lugar de esta edición aquí.

Recopilación de La Ñonga.
Ñongalofríos.
2025
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