La Ñonga: 1.ª edición

El módulo de la primera edición de este concurso fue el más grande que se manejó en el proyecto y el primero en ser abierto al público general.

Se originó de la idea de establecer un espacio seguro para los escritores. Los objetivos principales fueron que los participantes lograran ser leídos y criticados (de forma constructiva), además de trabajar en la mejora del criterio como escritores, lectores y jurado.

La 1.ª edición 2024 contó con la participación de 19 concursantes. Una vez abierta la plica, se anunciaron los ganadores:

  • Primer lugar: «De como queriendo nacer hámster, nací ratón» de Asael Capote, bajo el seudónimo «Katze».
  • Segundo lugar: «Confesión del caballero indigno: letras inconformes» de D. A. Betancourt, bajo el seudónimo «Refresco».
  • Tercer lugar: «Corro y sangro» de Luna Barazarte, bajo el seudónimo «Donatella Heredia».

El concurso se concibió para crear una comunidad donde la escritura y la lectura no fueran una competencia por ser el mejor, sino para el apoyo mutuo entre escritores apasionados por la literatura. De esta forma, se dio inicio a una nueva generación de escritores venezolanos.

El concurso se diseñó de manera que cada edición tuviera como motivo una flor. En esta ocasión, el motivo fueron los girasoles.

Cuento ganador

Asael Capote, bajo el seudónimo «Katze»

De como queriendo nacer hámster, nací ratón

Siento miedo, claro que siento miedo de que mi vida —¿es acaso esto vida?— esté condenada a este aparentemente inevitable y desgraciado destino. ¿A caso nací yo, fui creado, para vivir de esta manera? Aborrezco más, mucho más de lo que todos ustedes lo hacen, cada partícula que conforma mi desdichada existencia.

Y es ahora, más que nunca, que me encuentro en la cima de esta montaña de porquerías
mal olientes —indudable reflejo de mi paso por este despreciable mundo— que caigo en cuenta, con un huracán de emociones convulsionando en mi mente, de lo miserable y horrendo que soy. ¡Ay de mí! ¡Oh, tú, omnipotente creador de todo lo que existe, dime de una vez por todas: ¿por qué a mí, antes que a cualquiera, has de condenarme de esta manera?!

Este sentimiento no es nuevo, para nada, ha sido desde el día de mi nacimiento una pulga instalada en el fondo de mi oído, una maldición, susurrando desgracias a diestra y siniestra, haciendo que me odie cada segundo el doble que el anterior. ¡Ay de mí y de este funesto demonio que me acompaña! Va carcomiendo mi mente y pudriendo mi corazón.

Desde que soy un bebé, un recién nacido ratón, he odiado mi entorno; he odiado tener que vivir, obligado, entre edificios conformados por gigantescas bolsas de basura a los que el instinto y el hambre me fuerzan, contra mi voluntad, a roer para poder alimentarme.

Simplemente soy eso, un ratón, ¿qué más puedo hacer yo? He intentado cambiarlos, Dioses testigo de que me he colado en aquellos palacetes donde los larguiruchos dueños del mundo comen con tanta distinción, pero que va, es la perdición. No pasan más de diez minutos cuando sale uno alterado y gritando: ¡Una rata en la cocina, una rata!

Una rata, ni siquiera una rata soy, ni siquiera es culpa mía ser un ratón, ¿es acaso culpa mía ser un ratón? ¡No! ¡Claro que no! Cada vez que me llaman así, cada vez que los larguiruchos me miran con desagrado, cada vez que salen corriendo huyendo de mí, no tienen idea alguna de lo despreciable que me siento. Quiero acabar con mi vida, estoy harto. Estoy harto de tener que vivir y comer —aunque no lo decidí, aunque he intentado cambiarlo— de la basura; estoy harto de ser llamado con tanta euforia —aunque yo quiera cambiarlo y no pueda— rata; harto estoy, ¡harto! De ser perseguido por gatos, pisotones, escobas, venenos, por todo lo que sea un poco más grande que yo, ¡harto de mi miserable vida estoy!

Y es ahora aquí, encima de esta montaña de basura, mientras busco algo de comer que no tenga una pinta tan desagradable, que todos estos sentimientos me azotan más que nunca. Cuando por fin encuentro un trozo de pan duro, un destello impacta contra mi vista, era el sol que chocaba contra el vidrio de un hermoso palacio. El trozo de pan cayó de mis manos, quedé en shock, mi mente no podía comprender la imagen del pequeño ser que ahí moraba. Era una pequeña bola cubierta con el algodón de las nubes, sin una mancha, sin una cola rosada como un gusano que se guindara de su cuerpo, sin un rastro de basura que rodeara su amplio palacio de rejas negras y suelo de paja.

Fue esta imagen la que terminó de quebrantar mi corazón, fue la cúspide de este sufrimiento de años que carga mi alma y carcome mis entrañas. Cuanto le envidia mi opaco pelaje al suyo, cuanto volumen le falta a mi cuerpo para expresar aquella ternura.

La estocada final llegó poco después, por si quedaba en mí alguna parte viva de aquel órgano latiente: una mano humana, de esas mismas que en ocasiones toman escobas para liquidarme por la repugnancia que les causo, se adentró en aquel palacio. Con cariño acarició al precioso ángel de algodón, depositaba comida a su lado… y no se veía podrida, jamás yo he comido algo en buen estado… jamás a mi comida me han dado.

¿Por qué? ¿Por qué me injurias de esta manera, oh, tú, creador de todo lo que existe? ¿Es acaso este mi destino, vivir siempre así, envidiando a los demás y aborreciéndome a mí? Una lágrima descendió por mi ojo… ¿Por qué no podía ser yo como él? Ojalá hubiese sido mi elección, para pedir nacer como hermoso hámster y no como horrible ratón.

Puedes leer el segundo lugar de esta edición aquí.

Puedes leer el tercer lugar de esta edición aquí.

Recopilación de La Ñonga.
La Ñonga: 1.ª Edición.
2025
© de los textos A sus respectivos autores.
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