Tercer lugar de La Ñonga: 1.ª Edición, Corro y sangro de Luna Barazarte, bajo el seudónimo «Donatella Heredia».

Tercer lugar
Luna Barazarte, bajo el seudónimo «Donatella Heredia»
Corro y sangro
Es tan difícil aferrarse por siempre a esos sueños de azúcar cuando la realidad, ella tan dura, se sienta frente a mí.
Mis pisadas sobre las secas hojas revelan mis pasos. Las botas, salpicadas de lodo, son pesadas sobre la tierra. Los árboles que me rodean son la única esperanza de que aquellos pierdan de vista mis pistas. Rezo porque sus escuálidos troncos sean suficientes para garantizar mi escape.
Su sonrisa tan fría me muestra sus dientes, tan podridos como su aliento. Relajada y cómoda, cruza sus piernas, y sus manos elegantemente descansan sobre su regazo, aparentando la calma. Pero sus ojos, en la forma en que me miran, revelan su cruel desesperación por mi caída.
La lluvia ya cesada deja atrás el olor y la humedad en el aire, pero mis pulmones sólo inhalan frío. Mi respiración viaja por todo mi cuerpo, si aliviar la tensión que siento en cada músculo y arteria que se extiende en él. Y de nuevo escapa; un aliento cálido, flota como nube de humo y choca contra mi rostro, manteniéndome consciente, recordándome de quiénes me pisan los talones.
Corro. Mis pisadas son cada vez más largas, pero más largo es mi alrededor. Miro entre los árboles, entre la oscuridad, entre la niebla y el brillo y no veo camino, no hay salida. De un tirón me quito el casco de la cabeza, porque pienso que me hunde en la tierra y me atrasa, y siento la mordida brusca del aire en la cien. Pero no suelto el rifle, aunque sea pesado, porque en caso de ser alcanzado, sería mi única salida.
Su respiración me llega a la nuca y mi piel se encrespa cual pollo. Por un segundo me veo ahí colgado como tal, sus manos sosteniéndome de los pies. Me toma de la cabeza, me zarandea, intentando sacar alguna reacción de mí. Pero mis pupilas están huecas de emoción alguna. Como si leyera la imagen dentro de mi mente aterrorizada –porque puede; se pasea dentro de ella y sus infinitos pasadizos– siento su rostro mostrar una mueca complacida.
Piensan de mí que tengo ventaja, aunque sea pequeño, por mi agilidad. Mi pelaje ya está sucio por el chapoteo de lodo, la tierra está resbalosa debajo de mí y caigo una vez más en ella. A mi nariz entra la dulce esencia a petricor, pero lejos de confortarme me abruma. A la vez muchos otros olores me invaden, pero no logro pensar, no logro distinguir.
Escucho su carcajada aguda, profunda. Sobre mi espalda siento su mirada y cuando volteo puedo verla; no su rostro, ni su torso, pero sí el brillo de sus pupilas, coloreadas en fuego, llamas a las que caeré una vez tenga sus manos en mí.
Mis orejas se estiran en el aire con agudeza; giran cuando perciben sus voces a lo lejos y se me eriza la piel. “¡Hey! ¡Allá está!” Tanta esperanza fue la mía –qué error– al pensar que los árboles, delgados y sin follaje, podrían esconderme. Resbalo, atrapado en mis propias patas hasta que por fin logro levantarme.
Mi corazón, pequeño como es, palpita sin frenos; bombea, al ritmo en el que el caballo galopa, sangre a todas mis arterias. Es porque mi respiración también se ha acelerado, y el fuelle de mi pecho se contrae y expande con dolor – es porque el miedo que siento se ha apoderado de mis sentidos y el pitido en mis oídos no me deja oír sus voces.
Rezo por que en alguna vuelta me pierda de vista. Giro, giro y doy vueltas, y miro alrededor esperando a encontrarme con su temible rostro. Pero lo único que encuentro es oscuridad. Y la oscuridad es ella. Tal vez he corrido en círculos.
“¡¿Lo ven?!” Las ramas bajas intentan atrapar mi vestido con sus finos, puntiagudos dedos. Rasgan la tela y deshacen las costuras. Pero no puedo parar. Qué va. Mis ropas no me protegerán una vez que los dedos de los arbustos se transformen en yemas calientes, deseosas de obtenerme, y me alcancen. Doy un paso más y contengo un suspiro. Me agacho y reviso las plantas de mis pies heridos.
He dejado un camino de sangre extendido detrás de mí, y no sabría decir qué tan largo pueda ser –no sé cuánto pueda tomarles encontrarme. Las mangas que apenas cubren mis hombros son muy cortas y la tela no es lo suficientemente gruesa para aislarme del frío. Pero no tengo tiempo para lamentarme y me levanto, me lanzo hacia el frente sin saber dónde estoy pisando. Mis piernas ya se adormecen.
Siento cómo los fantasmas de sus manos se mueven sobre mi ser, intentando tomarme. Ella espera a que falle para así arrancarme fuera de mi carne, arañarme y pellizcarme mientras intento con todas mis fuerzas no separarme de ella, halando de mis propias venas que nos conectan para volver a adherirme a mi cálida capa, pero ninguno puede más que el otro y mi corteza arde.
Dudo, volteo. Y en aquel corto segundo veo sus figuras correr detrás de mí. Suelto un lamento. No para el cielo, ni para la tierra. No es para los árboles, que sé que ya se afligen. Mis piernas se mueven sin yo comandarles.
Escucho un disparo, y el rifle que he intentado no soltar escapa de entre mis manos. Caigo y me escondo detrás del tronco más cercano. Otra bala se libera. Es mi turno de devolverles el disparo, pero mis patas son muy torpes y vuelve a caer. Están cerca. Me levanto en aceleración, pero mis pies tropiezan con mi falda. Gritan y chillan, más próximos, más próximos. Mi nariz se agita, en busca de una salida, aunque sea en tierra. Pero no hay tiempo. ¡Ah, el tiempo!
Salgo de mi escondite. Hay otro disparo.
De nuevo me encuentro con sus ojos, y mi respiración se contiene. Pero sus ojos no me muestran su típico brillo burlesco, sus labios no se contraen en una sonrisa torcida. En cambio, lloran. Y lloran conmigo. Gimo. Me retuerzo. Porque soy animal. Soy mujer. Soy hombre.
Y sangro.

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Recopilación de La Ñonga.
La Ñonga: 1.ª Edición.
2025
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