¿Quid si?

El Ñongueteo: ¿Quid si…?

El Ñongueteo es un formato de concurso el cual tiene la intención de ser más breve y tener temática. Consta de tres fases: entrega, lectura; los participantes leen los textos de los demás autores y luego, votan; escogen a los ganadores.

Esta primera edición recibe su nombre del latín ¿Quid si…? (traducido al español, ¿Y si…?). La temática consiste en la realización de textos de narrativa o poesía en prosa con temática de alterar narrativas de mitos existentes o crear nuevas a partir de los mismos, desarrollar destinos paralelos a estás fascinantes figuras.

Se recibieron los textos en el plazo comprendido entre el 7 de mayo y el 5 de junio del año 2025. De éstos, tres (3) fueron escogidos mediante votación anónima de los participantes como ganadores. Los escritos seleccionados fueron publicados de manera digital y física mediante un folleto repartido en la Escuela de Letras por miembros de La Ñonga. Los textos seleccionados fueron:

  • Primer lugar: «En la cueva de la araña», de Nathaly Rondón, escribiendo como “Silver Moon”
  • Segundo lugar: «Las víctimas no son culpables», de Verónika García, escribiendo como “Verónika Medina”
  • Tercer lugar: «Mujer, bestia, astro», de Ela García, escribiendo como “Hecha de estrellas”

Adicional a éstos, de manera digital fueron publicados también fragmentos selectos de los textos restantes. Estos escritos fueron:

  • «Astianacte», de Oriana Mendoza, escribiendo como “Átropos”
  • «Prometeo (Des)encadenado», de Rómulo Colorado, escribiendo como “Sinnombre”
  • «Perseverancia», de Carlos Graterol, escribiendo como “El Niño”
  • «Cristo vive», de Jonás Perdomo, escribiendo como “Epo Kap”
  • «La espera», de Paula García, escribiendo como “Andy Botch”
  • «Cinco antorchas», de Emily Colmenares, escribiendo como “Black Swan”
  • «Hermafrodito enamorado», de Maranay García, escribiendo como “Poeta Artista Sordo”

Cuento ganador

Nathaly Rondón, escribiendo como “Silver Moon”

En la cueva de la araña

El día que las vi, parecía ser como cualquier otro. Supongo que las cosas debían de ser así, cuando uno menos se lo espera. El gran suceso había comenzado a las seis de la mañana, un viernes, cuando me desperté en mi pequeño departamento en Manhattan. Como de costumbre, preparé un café junto con un par de tostadas para comenzar la jornada, luego no tardé demasiado en vestirme para el trabajo y salir a las siete de mi casa. Recuerdo caminar por las calles llenas de personas, con las bocinas de los carros a tope, creando un espantoso concierto de sonidos desorganizados.

En una ciudad escandalosa, con personas molestas y un trabajo detestable. Pero, por desgracia, las cuentas no se pagan solas. El salario como mesero no era malo, pero tampoco era el mejor de todos. Debía caminar de un lado a otro llevando bandejas de comida a clientes quisquillosos que me echaban la culpa de todos sus males al mínimo error, diciendo: “La carne está cruda ¿acaso ustedes los jóvenes de hoy no escuchan cuando se les pide algo?” o “Yo no te pedí esto, seguro quieres cobrarme de más” esos y más eran los comentarios que debía aguantar constantemente. No podía refutar, solo asentir y hacer lo que me pedían con una sonrisa tensa. Como lo odiaba. Odiaba mi vida, y en cada oportunidad que tenía no me abstenía de decirlo. Ahora, me arrepiento de haber utilizado mis últimos momentos quejándome de una vida que ya no poseo. Recuerdo ese día escuchar el sonido de la campana que anunciaba un nuevo cliente, nada me preparó para lo que ocurrió después. Supongo que nadie está preparado para ello, para morir. O al menos yo no lo estaba.

Había visto a toda clase de clientes en los dos años que llevaba trabajando en el restaurante. Niños groseros que arrojaban comida al suelo, personas huir sin pagar la cuenta, pedidas de matrimonio fallidas, entre otros. Pero nunca, nunca como las tres jóvenes que llegaron ese día. Las vi entrar, se movieron con una impecable sincronía, casi aterrador. Por un instante sólo pude verlas a ellas. Se acercaron a la mesa del fondo, esa que nadie quería por estar muy cerca de la puerta, cada una tomó una silla al mismo tiempo con la misma mano, y de esa forma, con movimientos impecables, se sentaron. Recuerdo estar anonadado ¿cómo era posible que tres personas se comportaran de la misma manera, que se movieran al mismo tiempo sin una sola falla? No podía dejar de mirarlas. Sabía que era grosero de mi parte, pero había algo en ellas que me atraía. Además de tener una belleza singular, algo me llamaba. En ese momento no lo sabía, porque mis pies se movieron solos hasta llegar a su mesa y darle las buenas tardes.

Las tres me recibieron con una sonrisa, las tres me saludaron al mismo tiempo. Sus voces formaron un coro cuando me hablaron y pidieron el especial de día sin yo decirles. Supuse que eran hermanas por el gran parecido en sus rostros, eran casi idénticas, y la única diferencia en ellas eran sus vestimentas y el símbolo que guindaba en sus collares, también casi idénticos. Les traje sus platos de comida luego de un rato, pero justo antes de irme, una de ellas dijo mi nombre. Me giré y miré a la hermana de la izquierda con sorpresa ¿Cómo sabía mi nombre? Jamás se lo dije y no lo tenía en el uniforme. Vi algo brillar en sus ojos azules helados, ella me sonrió y me invitó a sentarme. No, me ordenó sentarme. A pesar de las advertencias que me daba mi mente sobre no hacerlo, mi cuerpo obedeció enseguida, me senté en frente de las tres.

—Por fin te conocemos —fue lo primero que dijo la hermana mientras apoyaba sus codos en la mesa con familiaridad, en su cuello, atado a su collar estaba la figura de lo que parecía ser una vara medidora —Llevamos mucho tiempo observándote. Y queriendo hablar contigo.

—Ustedes… Yo ¿las conozco? —pregunté con temor, aferrado al mantel de la mesa. Ella movió la cabeza de un lado a otro, negando.

—No, pero nosotras a ti sí —respondió la hermana del medio, está tenía los ojos de color verde y la figurita en su cuello era de una rueca —Digamos que eras un caso particular.

—Hagamos esto rápido, Cloto —habló la última de ellas, con los ojos tan negros como un pozo y con la figura de unas tijeras —Tenemos más asuntos por atener. Lo sabes. 

—No seas grosera Átropos, sabes que esta parte lleva su tiempo —la hermana del medio me miró, suspiró y asintió—Soy Cloto, la dadora de vida. Comencemos.

Antes de que pudiera decir algo, todo se oscureció. Delante de mí, miles de hilos plateados se hicieron visibles, como si siempre hubieran estado ahí, pero sólo en ese momento los podía ver. Pequeñas arañas estaban en ellos, tejiendo cada hebra con esmero, hasta que los hilos llegaban al suelo. Una de ellas bajó hasta la mesa, se montó en la mano de una de las hermanas y caminó hasta posicionarse en su hombro. Ella no le prestó atención, el trío de mujeres me miró con seriedad y recelo. La del medio estiró su brazo hacia mí, yo me tensé mas no me moví. Vi cómo sus dedos se sujetaron a algo, luego tiró de eso, yo sentí como si me hubiera quitado el aire, como si todo el oxígeno del mundo hubiera desaparecido de repente. Cuando enfoque la vista, en la mano de la mujer había un hilo brillante, igual a todos los que me rodeaban, y su inicio venía desde el centro de mi pecho, no podía creerlo ¿Cómo era posible? Ella continuó sacando el hilo de mi interior, la otra hermana, la de la izquierda, lo tomó. Sus ojos resplandecieron en un dorado único y extraño, entonces dijo:

—Desde pequeño te otorgué grandes oportunidades para la grandeza, nacido en el centro de una familia poderosa, con grandes recursos que tú mismo te encargaste de llevar a la ruina —la voz de la mujer resonó por todos lados, con autoridad y cierto ápice de desagrado, erizando cada vello de mi cuerpo—. Con tu deseo de ser más, no viste lo que ocurría a tu alrededor, no viste cuando perdiste todo aquello que la madre fortuna te ofreció. Para ti nada fue suficiente, siempre deseando más y más. Hasta que no quedara nada. Siendo egoísta con los demás, siendo avaricioso en todos los malos aspectos que está vida humana puede tener. Despreciaste mi gracia, algo por lo que cualquier alma mortal mataría por obtener. La fortuna a tu favor —la mujer elevó la cabeza, mirándome llena de odio—. Yo soy Láquesis, la que otorga la fortuna y es momento de devolvérmela.

Estaba horrorizado ante su discurso. ¿Cómo lo sabía? Nadie en esa ciudad sabía de mi antigua vida, me había asegurado de eso con el poco dinero familiar sobrante. No podía ser. Ella continuó hablando con tanta tranquilidad, relatando todos los hechos de mi vida como si ella misma hubiese estado ahí. Habló sobre mis padres y mi mala relación con ellos, la muerte de mi hermana y lo bonito que había sido su encuentro con ella, habló de mi etapa en la secundaria, lo rebelde y egoísta que siempre me mostré. Mientras más hablaba, el miedo se enroscaba con más fuerza en el centro de mi estómago. Hasta que llegó a la parte en donde relató con detalle la forma en la que había perdido toda la fortuna familiar. Un frío se instaló en cada nervio de mi cuerpo, impidiendo levantarme. 

—Dinos una cosa, humano —dijo la hermana de la derecha, esa de ojos negros, ella casi no había hablado— ¿Por qué? ¿Por qué perderlo todo? Darle la espalda a todo lo que se te ofreció desde el nacimiento.

—Yo… 

No supe qué responder y esa fue mi condena.

—Yo soy Átropos, la dadora de muerte. Tu momento ha llegado —habló ella de nuevo, mientras su hermana le pasaba el hilo. Arrancó la figura de las tijeras de su cuello con un solo movimiento, al segundo siguiente, cuando abrió la mano, en su palma reposaban unas tijeras de color dorado. Tan afiladas y capaces de cortar el mismo hierro. Un muy mal presentimiento llenó todo mi cuerpo cuando tensó el hilo tanto como pudo, para después acercarle esas tijeras y cortarlo.

—¡No, espera! ¡No lo hagas! —las tijeras no se movieron, ella se detuvo ante mi súplica y me miró, no sabía por qué, pero debía evitar que ella cortara ese hilo a toda costa —¡Por favor! Puedo cambiar, lo arreglaré todo. Si me dan una segunda oportunidad, les prometo que lo haré, puedo hacerlo —nunca antes había suplicado con tanta fuerza hasta ese momento—. Sólo… No lo cortes. 

—Ya es muy tarde, una vez que las Moiras toman una decisión, nada puede cambiarlo —dijo la mujer del centro. Cloto.

—Nosotras no damos segundas oportunidades —aseguró la de la izquierda. Láquesis. 

Quise hacer algo, cualquier cosa para evitarlo, pero no podía moverme. Estaba completamente paralizado. Fui testigo de cómo las hermanas tensaron el hilo, mi hilo, mientras la última lo cortaba con sus tijeras. Fue un movimiento certero y sin duda. El sonido de las tijeras cortando resonó por todos lados, aturdiéndome. Cuando volví a abrir los ojos ellas ya no estaban, se habían ido. Estaba de vuelta en el restaurante, sentado solo en la mesa. Y cuando el día acabó, no volví a casa. Nunca más lo hice.

Puedes leer el segundo lugar de esta edición aquí.

Puedes leer el tercer lugar de esta edición aquí.

Recopilación de La Ñonga.
El Ñongueteo: ¿Quid si…?
2025
© de los textos A sus respectivos autores.
© de la edición A La Ñonga.

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