Ñongalofríos

Ñongueteo: Ñongalofríos, segundo lugar

Segundo lugar: «El ritual de resurrección». Escrito por Meizon Guardia, bajo el seudónimo de «Júpiter Tree».

Segundo lugar

Meizon Guardia, bajo el seudónimo «Júpiter Tree»

El ritual de resurrección

En el corazón de Aokusa, un pueblo japonés que, bajo el gobierno del Shogunato Tokugawa, parecía haber sido olvidado por el tiempo. Las calles empedradas resplandecían en la tercera luna del año Ansei 7, según los registros del templo, aunque nadie en Aokusa parecía recordar qué emperador gobernaba fuera de sus muros. Las edificaciones, en su mayoría de tejados curvados y muros de cedro ennegrecido por el tiempo, se alineaban bajo los cerezos en flor, cuyos pétalos caían silenciosos sobre los aleros como una nevada. Los aldeanos, vestidos en su mayoría con atuendos tradicionales, paseaban tranquilamente como si fueran parte de una mente colectiva, disfrutando de la serenidad de la noche.

De repente, un sonido penetrante de trompeta resonó en el aire, no se podía rastrear su origen, repercutía en los jardines rocosos de las viviendas, en las salas de té vacías, en las fuentes de agua cristalina. La melodía era inquietante, un eco que rompía la calma nocturna. Los aldeanos, como marionetas desposeídas de mente, se apresuraron a entrar en sus hogares. Aquellos que tenían niños, de entre tres y ocho años, los sacaron a la entrada de sus casas. Con una presión fría los amarraron, les cortaron la lengua y extirparon sus ojos, un acto mecánico y atroz, sin rastro de voluntad humana, dejando a los pequeños en un estado de horror mudo, la atrocidad hecha realidad.

Las geishas, sirvientes de Megami, comenzaron su macabra tarea. Con movimientos elegantes pero fríos, pasaban de puerta en puerta, recogiendo a los infantes que se convulsionaban en su miseria, sin poder gritar, soltaban toses de ahogo por la sangre que, por partes iguales, chorreaba de sus bocas y ahogaba sus gargantas. Los niños fueron apilados en una carreta ceremonial de madera roja, decorada con filigranas de oro y jade que brillaban bajo la luz lunar. El vehículo avanzó lentamente hacia el palacio de Megami. Los gritos ahogados y los llantos silenciosos se perdían en la noche, y los aldeanos, en su estado de letargo, sólo iban saliendo de nuevo a la vida nocturna mientras la procesión pasaba de calle en calle.

Al llegar al palacio, una estructura imponente hecha de piedra oscura, madera tallada, de una arquitectura imperial majestuosa, se elevaba en la noche más terrible del primer semestre anual. Las geishas y la carroza que custodiaban, pasaron el majestuoso pórtico, atravesaron el jardín frontal y entraron al palacio. Colocadas en una plataforma junto con la carroza con los infantes, bajaron a una sala de piedra ciclópea, gris y húmeda, antorchas en las paredes iluminaban tenuemente el recinto. En la equidistancia, cadáveres sin piel, levitaban, y desde sus bocas, manaba sangre a una piscina central.

El palacio, entonces, no era sólo piedra y madera: era un organismo dormido, pero vivo. Un altar que respiraba horrores desde sus cimientos.

Las geishas se aproximaron con sus katanas de hoja afilada a la carroza, y comenzaron a desmembrar a los niños, uno por uno, entre tres de ellas: uno, dos, tres, cuatro cortes… precisos, rápidos, ejecutados con aquellas hojas de acero negro que separaban carne y huesos sin distinción de solidez. Las partes apiladas, bajo un charco carmesí creciente, eran empujadas a la piscina enorme, donde el líquido vital del charco y el que caía de la carreta, fluían por un sistema intrincado de sendas en el suelo hacia el mismo destino.

El líquido vital de la piscina emanaba vapores extraños que distorsionaban el aire a su alrededor. El vaho que emergía olía a carne vieja y a flores marchitas, como si el tiempo mismo se pudriera en su superficie. En torno al lago inefable, más portadoras del mandato danzaban al ritmo de una sinfonía críptica, al son del shamisen y el biwa, cuyas cuerdas resonaban con un lamento melancólico y etéreo. Cada gesto, cada corte, cada nota, obedecía a una secuencia que nadie recordaba haber aprendido, pero todos sabían ejecutar.

La tan nombrada Megami apareció en escena, envuelta en una bata de seda roja que parecía fluir como sangre por su figura de marfil y hueso, como una marioneta divina tallada en carne y vacío. Entró montada en un trono hecho de huesos humanos, cargado por eunucos secretos que se movían con una gracia inquietante. Cuando la colocaron frente a la piscina, a su derecha, los eunucos trajeron una gran caja de madera y oro, que colocaron a su izquierda. Con ceremoniosa reverencia, abrieron el arca para revelar una nueva abominación en aquel lecho de la decadencia, El Hombre Fértil: un ser demacrado, sin miembros inferiores ni superiores, desechado ya por su uso deshumano. Llamado así no por dignidad, sino por función: un receptáculo de genes, una vasija sin alma, que ya no tenía valor en el eterno círculo de control y miedo.

Un eunuco comenzó a elevar un cántico en un idioma desconocido, cuyos sonidos guturales resonaban en el aire como un eco ancestral. Las geishas recibieron al hombre fértil y lo lanzaron a la piscina, donde ya estaban las partes de cadáveres infantiles flotando discordantemente en el líquido burbujeante. En ese instante, Megami descendió del palanquín y se aproximó al borde de la piscina. Una geisha le retiró la bata, dejándola completamente desnuda, con su piel lívida y cabello de tono pálido, entre la sangre y la flor cayendo por sus hombros.

El momento se aproximaba, y con este el pandemónium. Mientras todos comenzaban a cantar horripilantemente, Megami se sumergió lentamente en la piscina, bajando escalón por escalón. Al hundirse por completo en el líquido burbujeante y en las partes grotescas que lo llenaban, todo comenzó a convulsionarse con brutalidad. Gases se liberaron, formando figuras distorsionadas en el aire aún más violentamente. La sangre. Las partes mutiladas. Todo se cuajó en una masa amorfa que comenzó a contorsionarse y retorcerse, mientras brazos y ojos, bocas y dientes se formaban de ella en una danza grotesca, una forma inefable que se iba materializando.

La masa se reducía compactándose sobre sí misma, su forma se definía cada vez más, hasta tomar la figura femenina de Megami. Su rostro era una mezcla de belleza y terror; sus ojos eran pozos oscuros que parecían devorar la luz a su alrededor. Su piel brillaba con un resplandor sobrenatural en tanto que sonreía con una mueca perfecta, un espejismo cruel, una máscara sobre el abismo.

La transformación culminó en un grito ensordecedor de júbilo por parte de los presentes: los eunucos secretos se postraron al suelo, en un llanto incomprensible de adoración frenética, como quien implora redención en medio del delirio. El sufrimiento y el miedo eran un himno. Las geishas, por su parte, se peleaban por ayudarla; era un caos, donde las katanas se desenvainaron y algunas atravesaron pechos, brazos y piernas, en el deseo de ser quien vistiera los hombros de aquella entidad con la bata. No había gritos de dolor, sino de júbilo, entre aquellos bestiales actos ferinos. A pesar de la diabólica algarabía, nadie se aproximaba a Megami en un perímetro circular de cinco pies. Se levantó, pura y más hermosa que nunca, rejuvenecida, con una perfección que rozaba lo inhumano.

Caminó y salió por la escalera de la piscina ahora vacía. Los cadáveres que flotaban inertes estaban vacíos. La locura se calmó un poco cuando una geisha afortunada le colocó la bata carmesí en los hombros a Megami. Inmediatamente, y como dictan las leyes no escritas, pero bien conocidas, la geisha se elevó en rango, importancia y poder social sobre las otras.

En esa noche ya no sonó más la trompeta en todo Aokusa, sólo un canto que combinaba el lamento desconocido, inexistente, de los niños perdidos y el eco del poder oscuro que había despertado. La luna llena atestiguaba el horror que se desataba en aquel pueblo estancado en el tiempo, mientras Megami Rakykatsu había culminado con perfecta ejecución uno de los miles rituales de resurrección que se efectuaban dos veces al año durante cuatrocientos años, en el futuro, quizá eternamente, hasta que el tiempo se disuelva en su sombra y el ritual se repita sin memoria ni fin.

Puedes leer el primer lugar de esta edición aquí.

Puedes leer el tercer lugar de esta edición aquí.

Recopilación de La Ñonga.
Ñongalofríos.
2025
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