Ñongalofríos fue la edición de El Ñongueteo que se centró en el terror y el suspenso, a propósito de la conmemoración de Halloween.
Este concurso se llevó a cabo entre el 13 de octubre y el 1 de noviembre.
Para esta entrega se recibieron trece (13) escritos. El jurado, conformado por el staff de La Ñonga y la profesora de la Escuela de Letras de la UCV, Laura Toloza, seleccionó un primer, segundo y tercer lugar, junto a tres menciones honoríficas.
En cuanto a la premiación, se entregó al primer lugar un paquete con tres clásicos de la literatura de terror. Por su parte, los escritos del resto de los ganadores (incluyendo las menciones honoríficas) se adaptaron al formato de impresión y se repartieron por el pasillo de la Escuela de Letras.
Los ganadores de Ñongalofríos fueron los siguientes:
- Primer lugar: «La receta». Escrito por Melany Hernández, bajo el seudónimo de «Magnolia Mieles Huertas».
- Segundo lugar: «El ritual de resurrección». Escrito por Meizon Guardia, bajo el seudónimo de «Júpiter Tree».
- Tercer lugar: «Retorno a una noche sin luna». Escrito por Rómulo Colorado, bajo el seudónimo de «Sinnombre».
Las menciones honoríficas fueron:
- «Terror». Escrito por Kesarted Aer, bajo el seudónimo de «Narrador Inconsciente».
- «Pensamientos intrusivos». Escrito por Edmar Abreu, bajo el seudónimo de «Ren».
- «Demasiado lindo». Escrito por Katiuska Toste, bajo el seudónimo de «Macu».

Cuento ganador
Melany Hernández, bajo el seudónimo «Magnolia Mieles Huertas»
La receta
Vivo en una zona que no cambia, salvo cuando alguien desaparece. A veces es un vecino, a veces alguien que pasaba por aquí. Nadie pregunta mucho ni yo tampoco. Mi vida se resume en estudiar, ayudar en casa y salir con mis amigas de siempre. Parte de mi rutina diaria es que, por la mañanas, cuando voy a la universidad, paso por un local bastante pequeño que vende productos lácteos artesanales. Quesos frescos, mantequilla cremosa, yogures con frutas tropicales. Queda justo entre la ferretería cerrada y el taller de motos donde siempre hay un señor dormido en una silla. Dicho local no tiene vitrina ni cartel, solo una cortina de tela que se mueve con el viento y una señora que siempre está ahí y cuando le preguntas de qué están hechos, ella te responde con un tono de voz muy dulce: todo es natural, mi amor.
—Elenita, mijita, ¿dónde compraste la mantequilla la última vez? Tu abuela tiene diarrea y fiebre —preguntó a gritos mi madre, preocupada, que acompañaba a mi abuela desde su cuarto.
—Donde siempre, mamá. —grité desde la sala, asustada por la salud de mi abuela.
Me quedé absorta en mis pensamientos mientras fregaba los platos. ¿Será que sólo es un virus de esos que dan por ahí? Porque ni mamá ni yo estamos enfermas, sólo abuela. Quizás sea la edad y que ya no puede comer la misma cantidad que antes. Tal vez le eché demasiada mantequilla a las arepas de anoche. Sí… Espero que sea eso.
Al cabo de una semana, mi abuela ya estaba mucho mejor. Dejamos de darle mantequilla artesanal y le compramos la margarina Nelly que venden en los chinos a dos cuadras de la casa. Mamá y yo, por el contrario, le seguimos comprando a la señora del local. No podíamos resistirnos a su sabor.
Una tarde en la que salí temprano de clases, tomé la iniciativa de acercarme al local y pedirle trabajo a la señora. No me hace falta dinero, pero quiero aprender. La señora siempre está sola. Nunca llega mercancía, tampoco hay entregas y justo eso me dio pesar. Esa tarde el sol caía indeciso, como si no supiera si quería calentar o esconderse. Caminé hasta el local con las manos sudadas y el corazón un poco apurado. La cortina se movía apenas, como siempre, y la señora estaba ahí, sentada, con su bata blanca y la mirada tranquila.
Después de una plática breve, la señora me aceptó como su aprendiz.
Desde entonces, voy todos los días. Llego puntual, me pongo una bata blanca, me lavo las manos con un jabón cualquiera y empiezo a revolver. Yogur de parchita, queso fresco, mantequilla cremosa. La señora me guía con frases cortas: “revuelve con calma”, “no lo tapes aún”, “eso se siente, no se mide”, etc. Yo sólo obedezco, pues ella es delicada con el proceso de sus productos y su humor cambia cuando algo sale mal. Además…, hay cosas que no tienen sentido: nunca llega mercancía, nunca viene nadie más a supervisar o a hacer pedidos, los potes ya están ahí cuando yo llego, alineados, esperándome. Cuando hago preguntas, ella me evade y me pide concentración, silencio absoluto.
Así pasaron varios días hasta que, mientras terminaba de hacer una mantequilla, me di cuenta de que en los potes había hebras de cabello. Este, en específico, era oscuro. Sentí escalofríos porque ninguna de nosotras tiene el cabello oscuro. Nada cuadraba a estas alturas, pero mantuve la compostura. Boté el pelo en el piso y seguí ayudando a la señora.
Al cabo de un rato, ella me pidió bajar al sótano. Los pelos se me pusieron de punta porque es la primera vez que iría. Era mi oportunidad para saber la verdad de este negocio. Bajé con la llave oxidada en la mano. El sótano estaba detrás de una puerta que siempre creí decorativa. Al abrirla, un golpe de aire espeso me llenó los pulmones. No era frío, era denso, como leche cortada. Bajé tres escalones. Encendí la luz y entré: las paredes estaban cubiertas de azulejos blancos, pero no estaban limpias: tenían vetas amarillas, como grasa vieja. En el centro, una mesa metálica con correas en los bordes. Encima, una mujer desnuda. No dormía. Tenía los ojos abiertos, pero no parpadeaba. Su piel estaba estirada, como si la hubieran tensado con ganchos invisibles. De sus senos salían tubos conectados a frascos de vidrio. Uno goteaba un líquido blanco, espeso, que caía al ritmo del reloj. Su abdomen estaba hundido, como si algo la hubiera vaciado desde dentro. En las esquinas había más mujeres. Algunas colgaban de ganchos, con la columna arqueada como insectos muertos. Otras estaban sentadas, con la cabeza tumbada, los labios resecos, los ojos hundidos. Una tenía la boca abierta, pero no parecía respirar. Otra tenía los ojos vendados y el trapo húmedo y pegado a la piel. Todas estaban conectadas a tubos. Todas producían. Algunas tenían etiquetas clavadas en la carne: “yogur de fresa”, “queso de cabra”, “mantequilla con sal”. Una tenía la piel marcada con líneas punteadas, como si alguien hubiera trazado cortes futuros. Otra tenía los dedos amputados, pero seguía moviendo las manos. Esto es lo más inhumano que mis ojos han visto.
Me fui en vómito. Los potes y frascos que traía en la mano cayeron al piso y los productos se desperdiciaron. El sonido del vidrio rompiéndose me pareció lejano, como si ocurriera en otra habitación. Me limpié la boca con la manga. Temblaba. Me apoyé en la pared para no caer.
—¿Todo bien, mi amor? —preguntó la señora desde arriba, con su voz dulce, como si me ofreciera una cucharada de yogur.
No respondí. Subí las escaleras con las piernas flojas. La señora me esperaba con una sonrisa. Me entregó una bata nueva. Más gruesa. Más blanca. Tenía mi nombre bordado en el pecho.
—Mañana te toca a ti, mi amor.
No dije nada. Caminé hasta mi casa. Me encerré en el baño. Me miré al espejo. No había nada raro. Pero no podía dejar de pensar en lo que vi.
Esa noche no dormí. Pensé en las mujeres del sótano. En sus ojos abiertos. En los tubos. En las etiquetas clavadas en la carne. Pensé en la señora. En su voz dulce. En su sonrisa fija. Pensé en mí.
Al amanecer, decidí no ir al local. Me puse ropa vieja. Salí sin hacer ruido. Caminé rápido, con el corazón latiendo en la garganta. Pero al llegar a la esquina, dos hombres me esperaban. No tenían uniforme. No tenían expresión. Sólo se acercaron y me tomaron de los brazos.
—No puedes irte, mi amor —dijo la señora, cuando me vio entrar. Ya tenía los frascos listos.
—¡Usted está enferma! ¡Ellas no son comida! ¡Son mujeres! ¡Son cuerpos! —grité, con la voz quebrada.
—Tú también eres cuerpo, mi amor. Y el cuerpo sirve para producir sin descanso.
Intenté correr. Me solté de uno de los hombres. Corrí hacia mi casa pero me tropecé y lograron capturarme. Me llevaron al sótano, me sentaron en esas sillas mugrientas, me lavaron el cuerpo con alcohol y me ataron las muñecas La señora preparó una jeringa. El líquido era blanco, espeso. Lo inyectó en mi pecho, justo debajo de la clavícula.
—Es para que empieces, mi amor. Hay que estimular la producción, Elenita.
Mientras tanto, uno de los hombres se acercó con una planilla plastificada:
Ficha de producción:
- Nombre: Elena Ramírez.
- Lote: 18
- Rendimiento estimado: 250 ml. diarios
- Estado: apta para extracción continua
- Observaciones: silenciosa. Obediente. No pone resistencia…
“Elena: 250 ml.” es en lo único que he pensado desde aquel día.

Puedes leer el segundo lugar de esta edición aquí.
Puedes leer el tercer lugar de esta edición aquí.
Recopilación de La Ñonga.
Ñongalofríos.
2025
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