Tercer lugar de El Ñongueteo: ¿Quid si…?, «Mujer, bestia, astro» de Ela García, escribiendo como “Hecha de estrellas”.

Tercer lugar
Ela García, escribiendo como «Hecha de estrellas»
Mujer, bestia, astro
Andrómeda no sentía nada más que frío, pero no era de sorprenderse, dudaba alguna vez haber sentido calidez. Aunque ahora, en la oscuridad de la noche, pensó en lo mucho que amaba sentir el sol en su piel al caminar por las costas de Etiopía. Era uno de los pocos momentos en los que era simplemente Andrómeda, no la preciosa hija de su madre ni la prometida de su propio tío. No era una joya brillante ni el dulce sacrificio para apaciguar a los dioses, era una mujer que amaba el brillo del sol tanto como el resplandor de la luna.
Alzó su rostro entonces, mirando la siempre hermosa luna en el cielo nocturno, y sintió un poco de calidez al pensar en la diosa Artemisa, libre y valiente, fuerte e inmortal. Cuánto habría deseado Andrómeda poder cazar a su lado en vez de tener que casarse.
Una gran ola rompió, empapándola una vez más, sacándola de su mundo de fantasía y regresando así a su cruda pero esperada realidad. Encadenada a una roca en las costas de su reino, esperando su muerte temprana o su inevitable salvación. Esperando, esperando, por un héroe, por un hombre fuerte y capaz. Un hombre que jamás se vería en su lugar.
De vez en cuando, veía a la bestia pasar. Escuchaba gritos en la distancia, alcanzaba a ver el brillo de un incendio. Lo veía todo a través de un velo, intentando ignorar su culpabilidad en todo aquello. Si tan solo hubiera nacido bestia en vez de princesa, su belleza jamás habría sido un problema.
Con ojos vacíos, miró a las estrellas y pensó en todas las mujeres que habían venido antes de ella y aquellas por venir, pensó en su ya escrito destino, en la ausencia de su ser. Cuantas otras habían sido como ella, una damisela en apuros, un tesoro esperando ser reclamado. Siempre lo había sabido bien, que no era nada más que la parte olvidable de un cuento, el premio que el héroe tanto merecía aun si ella no quería ser la amada de un héroe, quizás soñaba con ser heroína.
La bestia circuló su roca por una quinta vez en la noche, Andrómeda no podía verla bien porque estaba oculta debajo de la marea inquieta, pero podía ver las olas que su enorme cuerpo causaba.
—Si vas a devorarme, hazlo pronto. Él está por venir —Andrómeda dijo en voz alta, extrañada al escuchar su propia voz, al usarla.
La bestia se detuvo, Cetus había escuchado a su padre llamarla, pero se mantuvo oculta debajo de las aguas.
—¿Quién es Él? —escuchó a una voz decir, era complicada de describir. Se escuchaba distante y antigua pero a la vez tranquilizadora, como el lento vaivén de las olas. No podía provenir de nadie más que Cetus, y la princesa no sintió terror ante aquella conclusión.
Andrómeda rió sin gracia, mirando las estrellas. —No lo sé, pero vendrá. Siempre viene. Y tú y yo no seremos más que un par de escalones que tiene que subir para alcanzar la cima del preciado héroe. La bestia a la que matar, la princesa a la que reclamar. Por eso prefiero que me mates, prefiero que acabes con esto de una vez y vivas pese a todo el caos que has causado. Solo uno de nosotros ha de acabar en este cruel destino.
Poco a poco, Cetus se alzó sobre las olas, mostrando su grandeza bestial. Y Andrómeda no sintió terror, no. Miró a la bestia y sonrió mostrando todos sus dientes.
—Eres una bestia magnífica —Andrómeda dijo sin aliento. Cetus giró un poco la cabeza en confusión—. No, no te temo, si eso es lo que te preguntas. Quisiera ser como tú, enorme e intocable, pero creo que ya soy como tú en ciertas formas. Soy mujer y soy bestia, soy capaz de dejar a mi reino arder por mi simple libertad. Soy capaz de darle una oportunidad al destructor de mi nación, sólo porque odio a los héroes, porque odio el destino de las bestias y las mujeres. Solo vivimos para darle un motivo a los héroes. Pues yo no quiero eso, bestia marina, no. Quiero ser grande e intocable como tú.
—Criatura. No soy libre ni intocable, mucho menos grande. Soy una cosa pequeña, soy una esclava de mi rey y de mi nación, soy un sacrificio tanto como tú lo eres. Lo único que no pueden tocar héroes y mortales son las estrellas en el cielo —Cetus cerró los ojos, enrollándose alrededor de la roca en la que estaba encadenada Andrómeda. Al abrirlos, parecía estar mirando a las estrellas también—. Tu héroe debe de venir al amanecer, es lo común en los de su tipo. Y no hay nada que podamos hacer, solo comprometernos con nuestro papel.
Como pudo, Andrómeda rodeó el cuello de Cetus con sus brazos, sosteniendo con cariño a la bestia destructora.
—En otra vida, espero que seamos estrellas —Andrómeda le susurró a Cetus, sin apartar la mirada del cielo.
La bestia y la mujer compartieron una mirada esperanzada, y susurraron una oración. Porque bestias y mujeres rezaban por igual, soñaban con la misma libertad.
Al salir el sol, Perseo sobrevoló las destruidas costas de Etiopía. Los locales le explicaron lo sucedido, como el rey y la reina habían tenido que sacrificar a su hija para apaciguar la ira de Poseidón. Era una lástima que hubiera llegado tan tarde, pues al revisar la costa aquella mañana, no hubo pista ni de la bestia ni de la princesa.
Perseo siguió su camino, Andrómeda y Cetus quedaron en el olvido. Pero según un pescador, aquella misma noche vio a una doncella con un arco colgando de su espalda. La doncella estaba de pie sobre la roca donde la princesa había estado encadenada, y con su dedo unía estrellas en el cielo.
Los mortales quizás olvidarían a Andrómeda y Cetus, pero para las mujeres y bestias ambas habitaban en el cielo como constelaciones, como promesas de libertad, como astros enormes e intocables.

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Recopilación de La Ñonga.
El Ñongueteo: ¿Quid si…?
2025
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