¿Quid si?

El Ñongueteo: ¿Quid si…? Segundo lugar

Segundo lugar de El Ñongueteo: ¿Quid si…?, Las víctimas no son culpables, de Verónika García, escribiendo como “Verónika Medina”

Verónika García, escribiendo como “Verónika Medina”

Las víctimas no son culpables

Minerva llegó a su templo sagrado con prisa, volando como una ardiente estrella fugaz, con un mal presentimiento y una resonante sensación de peligro en el interior de su mente. Pero lo extraño era que venía de forma intermitente, como si alguien intentara ocultarlo.

Sus sandalias trenzadas se deslizaban por el suelo liso, y el metal de su armadura tintineaba mientras ascendía los escalones a la cámara interior, con la perfilada pluma de su casco rozando el techo.

El olor de la sangre fue lo primero que la recibió.

Una hermosa mujer que cumplía como sacerdotisa del templo, Medusa, se recostaba en la base de la estatua colosal, con una mueca de dolor y lágrimas pintando sus blancas mejillas. Marcas de manos de un morado enfermizo rodeaban sus brazos níveos, su túnica estaba rasgada, y ríos de sangre carmesí corrían por el interior de sus piernas.

La razón de su estado se encontraba a solo dos pasos de ella.

Minerva sintió como el picor en sus venas ardía como el fuego del río Flegetonte, como si su padre le hubiera lanzado uno de sus rayos y su cuerpo estuviera luchando por disipar el exceso de energía y poder. Nunca tuvo una relación amistosa con el amo y señor de los mares, sus discusiones sucedían casi en cada ocasión que se cruzaban sus caminos, pero lo que el muy desgraciado acababa de hacer en su templo, su territorio, era simplemente inaceptable. Había cruzado la línea.

—Ah, sobrina —murmuró Neptuno con tono molesto, haciendo ademán de agarrar a la chica, que se estremeció de terror—, estaba ocupado con algo, pero ya me iba…

Antes de que pudiera terminar, la punta de lanza de Minerva terminó en el interior del abdomen musculoso de la otra deidad.

El grito que siguió alertó a todos los seres de las inmediaciones, mortales e inmortales, de que no debían acercarse a la zona a menos que quisieran quedar atrapados en el altercado divino, e incluso Mercurio, con su infinita curiosidad, dirigió sus sandalias aladas lejos del templo de la sabiduría.

Neptuno miró con rabia furiosa a Minerva, y abrió la boca para reñirle, pero solo salió un gemido ahogado de él mientras ella retiraba la lanza con brusquedad, desgarrando su camino al salir. El dios de los mares se llevó una mano temblorosa al vientre, para sostener sus entrañas y cubrir la sangrante herida, mientras observaba de reojo las salpicaduras que manchaban de oro sus túnicas antes impolutas y el mármol agrietado bajo sus pies desnudos.

—¡Minerva! ¡Salvaje loca! ¿Qué pretendes con esta falta de respeto?

—Tú —gruñó venenosamente—, le faltaste el respeto a mi templo, a mi sacerdotisa, y a mí. No te atrevas a pintarme como la confundida en esta situación. Ahora, largo de aquí, antes de que el Olimpo extrañe tu presencia por el largo tiempo que estarás ocupado lamiendo tus heridas en tus dominios.

Rabioso, pero sin un buen motivo para atacar a la deidad guerrera e hija favorita del rey de dioses sin consecuencias, Neptuno se fue en un estallido de espuma marina, dejando rastros de sal en los suelos ya sucios.

Minerva guardó su lanza tras limpiarla de una sacudida y se acercó a la doncella, que seguía acurrucada a los pies de la estatua, con el pelo enmarañado cubriendo su rostro pálido y los restos sedosos de su túnica sostenidos en su figura por meros hilos.

—No llores más, sacerdotisa mía. Has sido vengada, lo de hoy nunca debió, y nunca —rugió— volverá a suceder. Mis templos son santuarios que deben ser respetados, y lo que ha hecho hoy Neptuno —habló sombríamente, con un brillo en sus claras pupilas que asustó más a la todavía en pánico Medusa— es intolerable. La retribución por su desmesura será mucho más grave que un simple rasguño a su impuro vientre.

La diosa pasó una pulcra mano por la piel herida de la mortal, curando todas sus heridas, y borrando las lágrimas de su rostro en el mismo delicado movimiento. Le dio un beso en la frente y un cálido brillo se acopló a su nívea piel, al tiempo que la calmaba y brindaba valentía.

—Estás bajo mi protección —murmuró Minerva entre los rizos de la joven— y, mientras sea diosa inmortal, ninguna de mis seguidoras pasará por esta afrenta nuevamente. Ni aun el mismo Júpiter, padre mío y rey de reyes, será capaz de salirse con la suya entre las mías. Lo juro en el nombre del río Estigia.

La tierra retumbó, los cielos tronaron, y los mares se alzaron. Un juramento inquebrantable había sido emitido, e incluso los dioses olímpicos debían atenerse a las leyes cósmicas.

Neptuno se estremeció en el fondo de su castillo submarino, provocando otro terremoto, en lo que sanaba sus heridas y temía la ira restante de la más fiera de las diosas femeninas. El propio Marte, azote sangriento, destructor de murallas y asesino de hombres, temía a su hermana por una razón.

Los demás olímpicos también habían sido advertidos, y en lo profundo de sus esencias divinas, ya conocían las consecuencias de cruzar los límites de la feroz estratega. Ella sabía cómo destruirlos sin que lo vieran venir.

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Recopilación de La Ñonga.
El Ñongueteo: ¿Quid si…?
2025
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